Al Borde de la Existencia



Oda a la vida tranquila

Primera hora de la mañana: el metro llega a la estación atestado de gente. Llevas más tiempo del debido esperando así que, esta vez, no te puedes quedar fuera. Un apretón aquí, un empujón allá, y ya estás dentro. Te esperan al menos 40 minutos, si la cosa no se retrasa, de calor, del aliento del compañero de viaje en tu nuca y de equilibrios por doquier para tratar de no caerte. Lo más probable es que llegues tarde a trabajar. El café del mediodía. El camarero no te atiende porque el bar está abarrotado. Si buscabas un agradable ‘break’ en tu jornada laboral, andas listo. Con tantas prisas, no te ven, y al final, tienes que marcharte sin café, de vuelta al curro. (Lo más probable es que a continuación tu jefe te pida más celeridad en tu trabajo, que exprimas al máximo tu cerebro y tu cuerpo para producir, producir y producir).

Durante la hora de la comida, que nunca es tal (siempre dura menos), vuelves a encontrarte rodeado de gente, esperando colas para que te den tu plato, sorteando bandejas que tu torpeza con probabilidad tirarán y tratando de mantener una agradable conversación con tus compañeros a pesar del ruido. Comes rápido (hay que marcharse cuanto antes de allí, te quedan muchas cosas por hacer), y de vuelta a ‘producir’.

Esto es sólo un pequeño esbozo de lo que cualquiera que viva en una gran ciudad, soporta cada día. Pero las colas, la gente, el ruido, las esperas y el estrés también te los encuentras en los cines, a la entrada de un museo, en los restaurantes, en un pub por la noche… e incluso en una ‘tranquila’ mañana de domingo de votaciones.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Acaso uno no puede dar un paso sin sentirse rodeado, agobiado, apremiado o presionado? Bien sea por el tiempo, las prisas del de detrás en la cola, de la cajera o, por supuesto, de tu jefe, el estrés se palpa en el ambiente.

Cuando comienzas a pensar en estas cosas te sientes un bicho raro. Especialmente cuando añades que, en ocasiones, no sólo necesitas huir de toda esa gente anónima con la que pasas más tiempo que con tu pareja, si no de todo y de todos. A menudo observo cómo al escapar de la ciudad y perderme por el campo, por un pequeño parque o por una ruta de la sierra, encuentro sentido a todo. El silencio, la despreocupación y hacer caso a mi propio ritmo vital hace que me sienta mejor, con la mente más abierta y, en definitiva, más feliz. Es en esos momentos cuando se me ocurren las mejores ideas, cuando soy más fuerte.
Sin embargo, no soy la única que no está a gusto con el ritmo de vida que nuestra sociedad actual nos obliga a llevar. Todo está hecho y organizado para que vayamos más rápido: periódicos gratuitos que se leen en cinco minutos; platos precocinados, comida para microondas; locales que ofrecen siestas de media hora, para recuperar el sueño perdido; gimnasios con circuitos de 20 minutos diarios, para que no pongas excusas de ‘tiempo’ al ejercicio; compras por Internet… Y un sinfín de ejemplos que nos hacen, a muchos, más desgraciados.

En contra de todo esto ha surgido una nueva filosofía vital: el ‘slow-life’. Aboga por una desaceleración de nuestra forma de vida con el fin de disfrutar más de la misma. El movimiento ‘Slow’ comenzó en 1986 como una protesta en Roma ante la apertura de un restaurante McDonald’s en Piazza di Spagna. Nació, así, vinculado a la comida, pero pronto se ha trasladado a otras esferas del ser humano. Propone tomar, de forma conciente, el control de nuestro tiempo en lugar de vivir bajo la tiranía del mismo, encontrando un equilibrio entre nuestras obligaciones y la tranquilidad de gozar de estar en familia, de una caminata o de una comida saludable (no Fast Food). Esto no implica convertirse en un ser humano pasivo o perezoso. Porque de lo que se trata es de redistribuir nuestra energía vital y nuestro tiempo hacia aquéllas actividades que consideremos realmente importantes. Es un cambio de actitud hacia la vida que se consigue con acciones como:

-Respetar las horas de sueño

-Comer sin prisas y de forma saludable

-Dedicar tiempo a hobbies y actividades que te hagan crecer personalmente

-No hacer varias tareas a la vez, centrarse en una sola

-No llenar tu ‘agenda’ de actividades, ni siquiera en vacaciones…
Y muchas otras recomendaciones que cada uno puede realizar según sus necesidades y valores. En definitiva, lo importante es darse cuenta de que, a menudo, un ritmo de vida que no te permita pensar, reflexionar, estar con los tuyos o dedicar más tiempo a lo que te importa, puede hacerte muy infeliz y que en tu mano está cambiarlo. Como Fray Luis de León en su ‘Oda a la vida retirada’ (“Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruído…”), yo me apunto a la ‘vida lenta’.

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Más información:
-Slow food, USA

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