Maya es mágica
Algo muy raro tiene que pasarte por la cabeza cuando de pronto, una aburrida tarde, muy tarde, de lunes, apoltronada en el sillón viendo la televisión, de pronto te das de bruces con un reportaje que capta tu atención. Una perra abandonada, la de la foto, busca dueño. Sin ninguna duda me dije: la quiero para mí.
Y digo raro porque tremendo animal, repleto de pústulas, es difícil que capte el interés de nadie. Tal vez mi alma de zombie frustrada, algún oscuro gusto ‘gore’ reprimido, (yo, que casi no puedo dormir sola), vio durante unos instantes la luz. El caso es que esa mezcla de bicho extraterrestre y de hiena en sus peores tiempos, atrapó mi corazón.
Pero en realidad era mucho más que eso. Sabía que nadie, nadie en ese estado, iba a adoptarla. Ella no era consciente todavía del peligro que le acechaba. Un absoluto abandono, por segunda vez. Entre otras cosas porque Maya guarda un secreto que más tarde os contaré.
Ese aspecto tan horrendo era fruto, nada menos que de la sarna. Maya estaba repleta de ácaros, de dos tipos, y sufría una infección ocular que podía haberla dejado ciega. De hecho, cuando la encontraron abandonada en una carretera de Chinchón, pensaban que jamás volvería a ver. También pensaban que era un ‘Shar Pei’, por las arrugas que tenía en la piel fruto de la enfermedad, ¡y nada más lejos de la realidad! Es una mezcla de ‘Pitbull’, un ‘American Stanford’ tal vez. Un perro de los ‘chungos’, si es que estos existen al margen de las pretensiones de sus dueños.
Tuvimos que esperar un mes para llevárnosla del centro de acogida de animales (si no fuera por ellos, Maya no lo habría contado), tal era su debilidad, y cuando por fin llegó el gran día, nos enfrentamos con el primer problema. ¿Qué tal se llevarían Luna, el ‘Bobtail’ de la casa, tres veces más grande que ella, y Maya? Era todo un reto. Pero la cosa fue rodada.
Tímida, temerosa y prudente en exceso, después de superar su primer desafío, el coche (no quería entrar, ¿tal vez era la primera vez que montaba?) llegó a casa y enseguida reconoció su lugar: una esponjosa alfombra azul que habíamos comprado para ella en ‘Ikea’, el templo de los mileuristas. Después de esa, ha tenido tres diferentes en seis meses, ¡y se las come todas!
Tan bien se aprendió la lección que no había forma de moverla de allí. No hacía como otros perros, perseguirte por la casa, pedirte mimos, ni cosas por el estilo. Simplemente no sabía. ¿Dónde habría pasado sus primeros seis o siete meses de vida? Como os podéis imaginar, hemos realizado todo tipo de especulaciones en torno a su pasado, a la cual más horrenda, sin ninguna utilidad. Porque para Maya, la vida, ha vuelto a comenzar.
Entre pises, mordiscos, peleas con la hermana mayor y carreras de una punta a otra de la cosa, tuvimos que aprender también algunas habilidades veterinarias. Pastillita por el día y por la noche, baños semanales, (tiene más champús que yo!) y lo peor: inyecciones de una sustancia ‘insecticida’ (sí, sí, insecticida, controlado, pero con la misma función), para matar a los ácaros que no dejaban de rebrotar. Su cuerpo ha soportado de todo. Y mientras sus dueños miraban con preocupación y desasosiego esos dichosos bichitos que el amable veterinario nos enseñaba en el microscopio, ella, ajena a todo, no mostraba ningún temor. Es más, Maya, desde el principio, desde que la adoptamos, parece como si se bebiera la vida a cucharadas.
Ahora no para de jugar, y sobre todo, de molestar a su hermana Bobtail que parece tener insensibilizados los epitelios. Los tirones de pelo que le pega Maya son insuperables y no deja de hacernos reír cuando vemos su boca, más negra que el tizón, repleta de pelo blanco y gris de Luna. En el fondo, sabemos que le gusta, y es que no se pueden llevar mejor.
El secreto de Maya es que jamás dudó que se salvaría. Nunca tuvo miedo a la muerte, porque ella es especial. Nació ‘mágica’, con una facultad sobrenatural que la hace fuerte ante la tragedia. Ella siempre lo supo. Yo, ahora, también lo sé.

